martes, 12 de abril de 2011

Libro de la semana

  • Filosofía y ciencia en Hipatia, Pedro Jesús Teruel. Ed. Gredos. Madrid, 2011. 215 páginas.

Este libro podría titularse Hipatia y Sinesio, porque fundamentalmente es eso: un estudio en díptico sobre estas dos figuras, vecinas y diversas, maestra y discípulo, que vivieron en la agitada Alejandría del Bajo Imperio, en una época turbulenta, y compartieron una misma forma de vida, como subraya en su prólogo A. García Marqués, definida por su sincera dedicación a la filosofía, y murieron a poca distancia, pero con destinos contrapuestos. Hipatia fue martirizada por una horda de monjes fanáticos en 415, y Sinesio, más joven, murió pocos años antes, como obispo de Cirene, abrumado por ese cargo, que le alejaba de sus reflexiones filosóficas y enfrentaba a los bárbaros. La relación con el cristianismo fue muy distinta en uno y otro caso; pero, aunque la conversión tardía de Sinesio le distanció algo de su idolatrada maestra, ambos eran esencialmente filósofos neoplatónicos. De Hipatia, pese a sus notables méritos astronómicos y matemáticos, apenas quedaría memoria de no haber sido tan ferozmente descuartizada (o lapidada). Del sensible Sinesio tenemos algunas obrillas interesantes y un montón de cartas afectuosas, que revelan la humanidad de un pensador y poeta muy digno en el ocaso del imperio. El martirio hizo de ella una santa pagana, trágica víctima de la intolerancia religiosa, asesinada por ser mujer ilustrada y brillante. Sinesio, en cambio, pervive sólo como autor conocido por los aficionados a la literatura del helenismo tardío. El éxito de la película Ágora ha relanzado la imagen de la sabia profesora alejandrina. Esa fama justifica el minucioso análisis crítico de la película y sus motivos, así como de los vaivenes ideológicos que colorean el prestigio secular de Hipatia. Al margen de tantas novelas ocasionales, he aquí un estudio a fondo, nada romántico, excelente por su precisión crítica y su dominio de la amplia bibliografía, que sitúa admirablemente a los dos amigos alejandrinos en un panorama histórico y filosófico de singular atractivo intelectual.
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¿Hay alternativas al capitalismo?

Por Carlos Santiago (*)

Las crisis naturales que se suceden en el planeta parecerían que confirman lo adelantado por algunos catastrofistas, que situaban en este siglo que recorremos, cambios tan sustanciales como traumáticos que, inclusive podrían modificar los actuales esquemas del poder mundial, mucho más allá de su paulatina evolución.

El terremoto en Japón, haciendo que ese país – una de las potencias mundiales – se encuentre en una situación desesperante sin haber podido superar todavía los problemas nucleares provocado por el posterior tsunami que destruyó la enorme central atómica cuya radiación todavía no ha podido ser contenida. El saldo es de miles de muertos y se especula con la cifra final de 30 mil.

El otro terremoto en Chile que recibió a la nueva administración, las inundaciones en el sur de Brasil, en otros países de nuestro continente, con centenares de muertos y damnificados, barrios enteros destruidos. Un mundo caotizado por desastres naturales, algunos de los que, algunos científicos le asignan a las contingencia del calentamiento global.

En lo político también están cambiando las cosas. Lo que ocurre en el norte de África, en donde “estables” dictaduras, que parecían eternamente consolidadas como la de Mubarak en Egipto o la Gaddafi en Libia, en el “trono” desde hace 40 años – regímenes, los dos, que últimamente tenían la bendición de occidente – perdieron totalmente su legitimidad.

El dictador libio todavía resiste por fuerza de un ejército mercenario que lo respalda, pero parecería claro que su tiempo, como gobernante, ha finalizado porque hasta sus últimos aliados lo están bombardeando. Podríamos seguir señalando otros procesos similares ocurridos en países vecinos, como Jordania, Marruecos, etc., en los qué la necesidad de una expresión democrática ha superado, de manera desorganizada, todas las expectativas.

No sabemos como quedará el mapa de esas zona a fines de este década, pero es evidente que varios de estos países árabes se habrán sacudido de encima las viajas formas patriarcales, antidemocráticas, que se expresaban – en distinta proporción – en cada uno de esos gobierno que han tenido cambios en cadena.

Parece evidente que el poder mundial se está desplazando y las relaciones internacionales entran en ebullición, situación que no es comprendida por todos. Y los desastres naturales no respetan a ningún país, no son un “rayo divino” que castiga el desastre, como algunos señalaban en con lo ocurrido en Haití, sino que no tienen en cuenta el PBI y menos las cifras de crecimiento y multiplicación de la riqueza. De un día para otro todo ello se cae en el dramático pozo de la desolación y la muerte.

Claro, tampoco las esperanzas que abrigamos muchos hace varias décadas sobre el cambio cualitativo del mundo, confiados en las reformas revolucionarias que comenzarían al interior del sistema bajo la presión de las luchas de los trabajadores y campesinos, y que según nuestra ingenua creencia, terminarían por transferir a los trabajadores (la clase obrera, como gustábamos denominarla en nuestro ya perimido lenguaje clasista), ya no existen más. Se han derrumbado en el enorme océano del mercado de la globalización.

Pero aquí nos surge otra interrogante. ¿Este mecanismo de continuo recalentamiento, de lucha por ampliar el consumo, es viable? ¿Podrá mantenerse en el tiempo? ¿No estaremos ante otro tsunami, de otras características, que ahogará a la humanidad?

Los uruguayos asistimos hoy a un recrudecimiento del proceso inflacionario vinculado a varios elementos coyunturales, siendo uno de los más importantes, el consumo desenfrenado en que ingresamos todos en los últimos tiempos. ¿Serán los primeros síntomas de un descalabro mayor? ¿Se podrán revertir las consecuencias de toda una tendencia que está dada por la orientación de la totalidad de la economía y sus objetivos ideológicos?

Hoy, algunos pensadores de la cosa económica que prevén para el futuro la existencia de un mundo nuevo multipolar, de imprevisibles consecuencias para el desarrollo de la humanidad. El ascenso de China, el poder de los movimientos de izquierda en América Latina, la afirmación de la diplomacia india trastornan la geopolítica planetaria en todos los planos: financiero, comercial, político, militar.

Nos preguntamos: ¿Es que la trampa neoliberal se está desarmado y los Estados regresan con fuerza mitigándose la globalización? ¿Es que se acerca el fin de la economía de continua acumulación? Es más que difícil predecirle larga vida. Y no lo decimos nosotros, ni lo sostenemos por lo observado luego de la crisis cíclica del sistema, quizás una de las más hondas que se tenga noticia.

Hay también pensadores de la enjundia y profundidad del desaparecido André Gorz, que tienen una visión aguda y prospectiva, reflejando una realidad incontrastable: la producción en el sistema capitalista necesita cada vez menos trabajadores activos, afirmación qué perfectamente podemos trasladar con lo que ocurre en nuestra producción agropecuaria, en que la mano de obra permanente, el viejo campesino, es sustituido de manera creciente por empresas que realizan tareas zafrales.

La producción solicita cada vez menos trabajo, distribuye cada vez menos poder de compra y necesita cada vez de menos trabajadores activos. El trabajo aparece en el sistema capitalista cómo cada vez más discontinuo, disperso entre prestatarios de servicios externos o zafrales sin comunicación entre sí (en nuestro país tenemos más ejemplos insipientes al respecto), relacionados por un contrato comercial en lugar de un contrato de trabajo. (Las tercerizaciones, los contratos de servicio y de obra, etc., modalidad, inclusive, que fuera utilizada para el rubro servicios por organismos públicos)

El pensador citado no es nada optimista en este proceso, dice: Las promesas y los programas de retorno al pleno empleo son espejismos, cuya única función es mantener el imaginario salarial y mercantil, es decir, mantener la idea de qué el trabajo debe ser necesariamente vendido a un empleador y los bienes de subsistencia comprados con el dinero ganado. Esto está demostrando – dice- que dentro del sistema no hay otra salida que no sea el sometimiento del trabajo al capital, y que no hay vida y sociedad más allá de las necesidades del consumo de mercaderías. No hay vida ni sociedad más allá de la sociedad de consumo y del trabajo mercantilizado, ni otro modelo que no sea el del capitalismo, agrega.

Esta realidad que, sin duda, es la hegemónica, impide vislumbrar cualquier posibilidad de salir rápidamente del capitalismo cerrando, también, todo camino distinto, inclusive alguno construido en un imaginario anticapitalista. Un sistema, claro, con pies de barro. Con una vida claramente limitada por la necesaria reestructuración ecológica que se producirá indefectiblemente en el planeta, rompiendo la lógica económica del crecimiento permanente que se mantiene desde hace 150 años.

El capitalismo luego de varias etapas de diverso sufrimiento humano, en que se vieron expresiones del más duro imperialismo, pasando por el enfrentamiento de la “guerra fría”, luego de la “caída del muro” tuvo el camino expedito para lograr una hegemonía mundial. Consiguió llegar hasta los rincones más escondidos, menos en algunos puntos casi folklóricos, como Corea del Norte. En ese sentido puede afirmarse que la civilización de raíz occidental es hoy la única del planeta (incluyendo adaptaciones culturales muy diversas).

Pero esta victoria de la globalización está llegando en el mismo momento en que comienza su decadencia. Si miramos esta primera década del siglo desde el largo plazo la concreción del dominio planetario del capitalismo aparece como el primer paso de su decadencia.

En consecuencia la condición necesaria pero no suficiente para la emergencia del post capitalismo ya está instalada y el verdadero paradigma del capitalismo, en el que se avanzó mecánicamente, parece, estar llegando a etapas finales.

(*) Periodista.
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No se puede borrar la historia

Por Robert Reich (*)

El gobenador de Maine, Paul LePage, ordenó a trabajadores públicos que retiraran del vestíbulo del Departamento de Trabajo de ese Estado un mural de 11 metros que describe la huelga de 1937 en Auburn y Lewiston.

También recoge la imagen icónica de Rosie la Soldadora, quien en la vida real trabajó en Bath Iron Works (uno de los mayores astilleros de EEUU, situado en Maine). Un panel del mismo mural muestra a uno de mis antecesores en el Departamento de Trabajo de EEUU, Frances Perkins, quien fue enterrada en Newcastle, Maine. La Administración LePage también se encuentra en el proceso de rebautizar salones que han llevado los nombres de líderes históricos del movimiento obrero, como lo fue la exsecretaria Perkins.

El portavoz del gobernador ha explicado que el mural y los nombres de las salas de conferencias “no se ajustan a los objetivos del Departamento en favor de los negocios”.

¿Estamos en Estados Unidos? Frances Perkins fue la primera mujer que llegó al Gobierno federal en la historia de Estados Unidos. Ella fue también uno de los mejores miembros del gabinete en la historia del país. Ella y su jefe, Franklin Delano Roosevelt, llegaron al poder en un momento en que los trabajadores medios necesitaban ayuda. Y Perkins y Roosevelt estaban decididos a proporcionársela. Juntos crearon la Seguridad Social, el seguro de desempleo, el derecho de los trabajadores a sindicalizarse, el salario mínimo y la semana laboral de 40 horas.

Los grandes empresarios y Wall Street pensaron que Perkins y Roosevelt no estaban manteniendo los objetivos en favor de los negocios. Entonces ellos y sus marionetas republicanas en el Congreso y en los estados se vengaron mediante un asalto político al New Deal. Roosevelt no se arrugó. En un discurso pronunciado en octubre de 1936, condenó “el monopolio empresarial y financiero, la especulación, la banca despiadada, el antagonismo de clases y el enriquecimiento con las guerras”. Las grandes compañías y Wall Street, dijo, “han comenzado a considerar el Gobierno de Estados Unidos como un mero apéndice de sus intereses particulares”. Y añadió: “Sabemos que el gobierno del capital organizado es tan peligroso como el gobierno de la turba organizada. Nunca antes en nuestra historia esas fuerzas han estado tan unidas contra un candidato como lo están hoy. Ellos mantienen unanimidad en su odio hacia mí, y yo doy la bienvenida a su odio”.

Avancemos 75 años.

Las grandes compañías y Wall Street han emergido de la Gran Recesión con los bolsillos abultados. Beneficios y bonus son tan elevados como lo eran antes de la caída. Y ellos están gastando como locos en lobbys y en políticos. Después de la desgraciada decisión de la Corte Suprema en el caso de Citizens United, ya no existen límites. (El fallo, de 2010, eliminó cualquier barrera para que las grandes corporaciones inviertan en campañas electorales).

Los objetivos en favor de los negocios lo están rompiendo todo. Gobernadores a lo largo y ancho de EEUU están metiéndoles tajos a los impuestos de las corporaciones y están haciendo lo mismo con los presupuestos estatales. Los republicanos de la Cámara de Representantes y del Senado están dispuestos a desregularizar, privatizar, cortar el gasto y reducir impuestos con el fin de que sus patrones de las corporaciones y Wall Street tengan cada vez mejores resultados.

Pero la mayoría de los estadounidenses están aún en un problema desesperado. Pocas ganancias económicas, por no decir ninguna, están goteando hacia abajo. Por ese motivo, el actual asalto republicano contra los trabajadores –a sus derechos para formar sindicatos, al seguro de desempleo y la Seguridad Social, a los empleados públicos e incluso (cortesía del gobernador LePage) a nuestra memoria común– resulta tan despreciable. Y esa es la razón por la que necesitamos un presidente que luche por los trabajadores contra este asalto, tal como hicieron en su día Perkins y Roosevelt.

A propósito, el gobernador LePage podría tener la curiosidad de saber que el edificio que alberga el Departamento de Trabajo de EEUU en Washington se llama Edificio Frances Perkins. Podemos encontrar el retrato de ella colgado en un sitio prominente. También podemos ver retratos y murales de grandes líderes del mundo del trabajo estadounidense.

Una breve caminata a través del pasaje llevará al gobernador LePage a un impresionante memorial de Franklin D. Roosevelt, por si el gobernador quisiera visitarlo. Gobernador, usted tal vez pueda borrar algo de la memoria de Maine, pero lo tendrá muy difícil para borrar la memoria de este país, incluso aunque no se ajuste a sus objetivos en favor de los negocios.

(*) Exsecretario de Trabajo de EEUU. Catedrático de Políticas Públicas en la Universidad de Berkeley.

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Un viejo mundo en guerra

POR GIANNI VATTIMO (*)

¿No sería hora de dejar de usar a la ONU como pantalla? ¿Qué legitimidad puede derivar de ella hoy? , se pregunta el filósofo italiano, para quien la crisis de Libia exhibe el sometimiento de la política a la economía.

Escribir algo sensato sobre la guerra en Libia es difícil. Y es difícil escribir algo sensato en general sobre guerras como ésta, ahora más que nunca. Se podía quizás en vísperas de las primeras intervenciones militares posteriores a la Guerra Fría, Irak, etcétera. Pero ahora, con la carga de esas experiencias, no podemos hacer otra cosa que leer y releer el artículo de Massimo Fini, publicado por el Fatto Quotidiano (ilfattoquotidiano.it) y retomado por MicroMega, y estar sustancialmente de acuerdo con él.

Estamos en guerra, con la bendición (justamente...) de la ONU, del presidente napolitano y de todos los intervencionistas humanitarios. Y a toda velocidad, con una facilidad desarmante (la guerra se apodera también del vocabulario) nos deslizamos en ella sin darnos cuenta. A tal punto que, pensándolo bien, los resultados reales que obtendremos son los señalados por Fini: crearemos un precedente sin precedentes, justamente, el de una intervención dentro del ámbito reservado de un Estado que no invadió a ningún vecino, pero cuyo poder central se rebela contra la rebelión de una parte del país que nunca asimiló la unidad.

Reavivaremos el terrorismo, feliz con la evolución de la crisis, legitimando por otra parte cualquier venganza libia. Protegeremos nuestros intereses, haciéndonos como de costumbre portadores de un ideal de democracia que es tal, precisamente, porque nos queda cómodo, es más, nos permite hacer lo que se nos da la gana cómodamente.

Intervenimos con fines humanitarios, contentos de no haber sido cuestionados por Egipto –actuar contra Mubarak habría sido francamente demasiado, para Estados Unidos y los numerosos proveedores del tirano– pero conscientes de la imposibilidad de ver pasar los cadáveres sobre las orillas –las playas– libias. Si el pueblo se arregla solo, exultamos. De lo contrario, intervenimos. Imponiendo en los dos casos –porque siempre es posible después lamentarnos del peligro del extremismo islámico– la norma democrática occidental como regla del “ Brave New World ”.

El problema principal, como ocurre siempre en estos casos, es que habrá que esperar para saber qué deberíamos haber hecho. Tendríamos que haber aplaudido cuando Vietnam invadió la Camboya de Pol Pot, y en cambio, en esos tiempos, nos escandalizamos por la primera guerra entre dos países comunistas.

Tendríamos que haber detenido la masacre en Ruanda, y seguramente tendríamos que haber intervenido para frenar la guerra en Yugoslavia. Pero habríamos podido (debido) actuar antes, no después: tendríamos que haber discutido públicamente, como Europa, en vez de limitarnos a observar atónitos, el inmediato reconocimiento por parte de Alemania y los países europeos, de las reivindicaciones nacionales de Eslovenia y compañía.

Tal vez habríamos comprendido que la adopción de una estrategia pura de interés personal económico produce consecuencias no deseadas, y no sólo la feliz mano invisible smithiana, sino también el fortalecimiento de nacionalistas estilo Milosevic.

Pero aquí y ahora (en Libia) ¿qué hacer? Protestar, sobre todo, por el sometimiento exagerado de la política internacional a los intereses económicos: donde estos intereses no existen, el problema de los derechos humanos no se plantea. Indignarnos por la cómoda excusa, la de los derechos humanos (que lamentablemente, aun cuando se la emplea de buena fe, sigue siendo un pretexto en la Realpolitik internacional), utilizada para bombardear un país –perdón, para salvaguardar una “zona de exclusión”– y no simplemente para bloquear, y en rigor incluso deponer, a un tirano.

Avergonzarnos por el espectáculo obsceno de la diplomacia internacional –el aterrador Sarkozy y el arribista Cameron; la OTAN invocada por quienes la forman pero no la dirigen, porque quien la dirige tiene miedo de los efectos que provocaría la bandera; la nuestra, incalificable, cruza de profesor de esquí y cantante de crucero; la formación de la santa alianza anti-BRIC (Brasil, Rusia, China, India) y, como recordaba Paolo Ferrero, incluso la inserción de un verdadero y auténtico campeón de la democracia, Qatar, en el grupo de los cruzados.

En resumidas cuentas: ¿No sería hora de dejar de usar a Naciones Unidas como pantalla? ¿Qué legitimidad puede derivar de la ONU, hoy? De un acuerdo aprobado en 1945, que asigna explícitamente a las potencias vencedoras de una guerra mundial el deber de mantener la paz, y que como tal nunca funcionó (la paz fue asegurada por el régimen de terror frío dirigido por las dos superpotencias, y cuando éste acabó, la ONU terminó autorizando guerras que no podían contar con el consenso de la parte derrotada, la Rusia post-soviética).

El Consejo de Seguridad es un órgano no democrático y, lisa y llanamente, vetusto. Una Europa iluminada debería preocuparse sobre todo por rediscutir los organismos de cooperación internacional con los países BRIC. Entonces sí, podremos preguntarnos legítimamente qué hacer con Libia y su régimen. No tener una guerra mundial y sus vencedores sobre las espaldas puede ser una debilidad, pero también una fuerza, si se aprovecha para crear una institución que realmente sea supranacional, que pueda velar (un poco más) por el interés general.

En cualquier caso, la cuestión es urgente. Las tecnologías envejecen, como enseña Fukushima. Todo nuestro mundo es demasiado viejo: es viejo el FMI, es vieja Europa, es vieja la ONU. Y, en la próxima crisis, los BRIC no se quedarán mirando.


(*) Filósofo Italiano
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El gran negocio de Libia

Por Pere Rusiñol (*)

Los cables de la embajada de EEUU en Trípoli entre 2006 y 2010 filtrados por Wikileaks muestran obsesión por los pozos de petróleo

Pasó de paria a amigo de Occidente y acumulaba muestras públicas de amistad de los más variados mandatarios, desde Silvio Berlusconi hasta Tony Blair, pasando por José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y el rey Juan Carlos. Pero incluso durante esta luna de miel, Muamar Gadafi ponía los pelos de punta a los diplomáticos de EEUU en Trípoli, según revelan decenas de cables secretos de la embajada filtrados por Wikileaks, que muestran una auténtica obsesión por los pozos de petróleo y por las dificultades que bajo su régimen encontraban las empresas occidentales para operar en el país.

"En Libia, el negocio es la política y Gadafi controla ambos", sostenía un informe confidencial de febrero de 2009. Los cables de los diplomáticos de EEUU lamentan reiteradamente las interferencias de la familia Gadafi, que controlaba los sectores económicos más lucrativos. Pero el asunto estrella de los documentos filtrados, que generó ríos de tinta muy superiores a la preocupación por los derechos humanos, es el endurecimiento de las condiciones de la docena de compañías petroleras occidentales que operan en el país, lo que provoca un gran malestar en la embajada.

Libia es el primer país africano en reservas de petróleo, con 46.000 millones de barriles estimados, el doble que EEUU. En 2010, alcanzó los 1,8 millones por día, procedentes en un 80% de la zona de Sirte y cuya venta supuso el 95% de los ingresos del Estado. Los principales clientes son Italia (28%), Francia (15%), China (11%), Alemania (10%) y España (10%).

Crudo fácil de extraer

El petróleo libio no sólo es abundante, sino de gran calidad y fácil de extraer, lo que lo hace especialmente rentable: en algunas zonas, el coste de extracción es de apenas un dólar el barril. Cuando entre 2003 y 2004, Naciones Unidas y EEUU levantaron las sanciones, tras la renuncia del régimen a la producción de armas de destrucción masiva, las grandes petroleras occidentales volvieron masivamente al país.

Las compañías internacionales que dominan el mercado libio son Eni, Repsol YPF y el consorcio estadounidense Oasis, que integra en Libia a CoconoPhillips, Marathon Oil y Ameranda Hess. Pero está también sólidamente instalada PetroCanadá, TNK y Gaz-prom (Rusia), Total (Francia), Saga Petroleum (Noruega), Wintershall y RWE (Alemania), OMV (Austria), BP (Reino Unido), Occidental, Halliburton, Exxon (EEUU) Chevron se marchó en 2010 porque sus exploraciones no daban resultados, Woodside (Australia) y Japan Exploration Company, entre otros.

Indignación

La Embajada de EEUU siguió con lupa las condiciones del sector y reflejó su creciente indignación en los cables que enviaba a Washington. A partir de 2006, el régimen libio inició una ronda de contactos con las multinacionales para extender las licencias y endurecer sus condiciones exigía ampliar la cuota de beneficios que corresponde al Estado y el pago de un bonus millonario adicional, entre otras novedades, pese a que los contratos se habían firmado hacía apenas tres años y que faltaba mucho para que expiraran, lo que provocó gran malestar a la Embajada. Y cuando la mayoría de petroleras aceptaban y firmaban, los funcionarios estadounidenses no ocultaban su indignación.

La alarma se enciende para EEUU a finales de 2007, cuando Eni aceptó las nuevas condiciones y firmó: "Pese a que Eni lo vende como un éxito, el acuerdo conlleva aspectos negativos y puede facilitar el camino para que se impongan exigencias similares a otras concesionarias de petróleo y gas extranjeros", lamenta un cable del 26 de octubre. Y añade: "El resultado es que Libia se queda con una parte mayor del petróleo producido y en las cuentas de Eni constarán menos reservas".

En cables posteriores, los diplomáticos de EEUU ahondan su preocupación: "Ejecutivos de empresas occidentales han mostrado reservas muy serias. Un ejecutivo dice que el acuerdo asusta y hay una preocupación generalizada de que ahora buscarán acuerdos similares con el resto". Y más: "La creciente avaricia de la NOC [empresa pública petrolera de Libia] puede hacer disminuir el interés de los principales operadores en Libia."

Las petroleras van firmando las nuevas condiciones, pero ello no aplaca el malestar de la Embajada de EEUU, que en noviembre de 2007 redacta otro informe: "Libia es un lugar excepcionalmente difícil para las petroleras internacionales, que tienen que afrontar numerosos y bizantinos problemas y sus márgenes de beneficios son comparativamente menores. La situación empeorará en los próximos años porque el Gobierno busca concesiones adicionales para maximizar los beneficios".

Cuando en junio de 2008 PetroCanadá firma un nuevo contrato que según la embajada de EEUU supone un espaldarazo a "los esfuerzos libios para imponer términos más duros a las petroleras extranjeras", los diplomáticos de EEUU muestran ya resignación: "Ante los altos precios del petróleo y las limitadas posibilidades para nuevas exploraciones y producción, las petroleras tragan y firman".

La única alegría se la da Chevron, que en julio de ese año explica su intención de dejar el país porque no encuentra yacimientos en la zona asignada. El funcionario lo registra así: "Son pesimistas ante las perspectivas negativas de encontrar algo. Además, son contrarios a esta mentalidad de subasta [del Gobierno libio] y reticentes a acceder a los términos draconianos que exige la NOC".

En enero de 2009, la Embajada apunta directamente al jefe del NOC, Shukri Ghanem, y monta varias reuniones con ejecutivos del sector que lo critican. Según los informes de la Embajada, entre los ejecutivos occidentales hay un "extendido malestar" contra él por su "falta de experiencia técnica" y por su "reticencia a reunirse con los ejecutivos de las petroleras extranjeras".

"Su enfoque y estilo han alienado a las petroleras extranjeras y daña la cooperación potencial. Otros ejecutivos nos cuentan que en determinados aspectos es un regreso al estilo de la década de 1970, cuando se veía a las compañías extranjeras desde una lente nacionalista que las consideraba entidades depredadoras", añade el informe. Y concluye: "El 95% de la economía depende del petróleo. El hecho de que el NOC esté en manos de un individuo autócrata mal visto por sus subordinados y por los profesionales internacionales del petróleo no augura nada bueno en el objetivo libio de incrementar la producción de 1,7 barriles por día a los 3 millones".

Poco después, el Gobierno libio convocó a las petroleras para pedirles que contribuyeran a un fondo "voluntario" que le permitiría compensar las indemnizaciones por acciones terroristas del pasado. "Hay malestar. Se les dice que tendrán mejor trato si hacen contribuciones "voluntarias". Tras la reunión, los mánagers se muestran firmes en no pagar, pero hay el rumor de que Gazprom y pequeñas firmas ya han contribuido".


Ola de privatizaciones

Este malestar se extiende a todos los nichos de negocio que van apareciendo al son de la ola privatizadora emprendida por el régimen. Los cables de la Embajada tratan sistemáticamente de enfriar el interés de las empresas de EEUU que quieren invertir en Libia.

Cuando el gigante Bechtel renuncia a construir un puerto comercial en Sirte que tenía apalabrado, la embajada lo eleva a categoría: "El fracaso de Bechtel muestra cómo se toman las decisiones ante las inversiones extranjeras importantes. Tras un año de esfuerzo y pese al desembolso de un millón de dólares, a numerosas visitas de alto nivel y a supuestos compromisos formales del Gobierno, ha sido imposible. El hecho de que un operador con los conocimientos y la potencia económica de Bechtel no lo logre debería servir como lección para la gran cantidad de empresas occidentales que quieren entrar en el floreciente mercado libio."

La Embajada también enfría el entusiasmo levantado por el ambicioso plan de privatizaciones puesto en marcha por Gadafi. En un cable de noviembre de 2009, advierte de que el Gobierno libio exige que los nuevos propietarios privados mantengan los puestos de trabajo: "Esto a menudo hace que sea poco atractivo para un inversor extranjero, en la medida en que la productividad de las empresas públicas libias es infame y tienen exceso de personal como consecuencia de las generosas leyes laborales libias".

Por los cables desfilan todo tipo de negocios, algunos patrocinados o bendecidos por gobiernos: manejos de Italia para que la empresa Sipsa gane un contrato para destruir químicos, el intento infructuoso de la empresa británica York Guns de colocar 130.000 rifles automáticos que los diplomáticos sospechan que acabarán en Chad o Sudán, operación vetada por el Gobierno británico que acabará asumiendo sin problema la rumana NFI, la mediación de un diplomático español en nombre de Espidesa (Técnicas Reunidas), que buscaba el visto bueno de EEUU para construir una fábrica de ácido nítrico, o las sugerencias de Tony Blair para que Libia invierta en Sierra Leona y Ruanda, países que el ex primer ministro británico dice que son prioritarios para su organización caritativa.

Los diplomáticos de EEUU describen también la tirantez entre las autoridades libias y francesas: subrayan la feroz oposición de Gadafi al proyecto de Unión Euromediteránea y los comentarios "sarcásticos" del mandatario libio sobre Sarkozy. Y, en sentido inverso, auguran un acercamiento a España tras la visita del rey a Trípoli, en 2009: "Entendiendo que en Libia el negocio es la política y que Gadafi controla ambos, España probablemente se beneficiará de la cálida relación entre Gadafi y el rey".


Aznar abrió el camino en 2003

José María Aznar fue uno de los dirigentes clave que facilitó la reinserción internacional del régimen de Muamar Gadafi y la expansión de empresas occidentales en Libia. En septiembre de 2003, el entonces presidente del Gobierno español fue el primer mandatario occidental en entrevistarse con Gadafi en Trípoli tras el levantamiento de las sanciones.


Pacto nuclear con Francia, Rusia y Estados Unidos

Gadafi buscó acuerdos simultáneos con Francia, EEUU y Rusia para iniciar un programa nuclear civil. Todos mostraron predisposición, pero ninguno pasó de las buenas palabras. El primer paso se dio durante la visita de Nicolas Sarkozy a Trípoli en julio de 2007, cuando ambos países suscribieron un memorando para cooperar en "las aplicaciones pacíficas de la energía nuclear".

La Embajada de EEUU consideró el pacto como "vago programa de cooperación que no compromete a nada". En abril de 2008, durante una visita de Vladímir Putin y "ante la insistencia libia" -subraya un cable filtrado-, Trípoli firmó otro memorando de cooperación nuclear igualmente vago. Y, en mayo de 2008, la Embajada da cuenta de que un alto cargo sondeó a EEUU con el mismo fin y tampoco en esta vía hubo avances.


(*) Periodista
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jueves, 7 de abril de 2011

Historia para entender la primavera

Por Rashid Khalidi (*)

La primavera revolucionaria ¨árabe ha desconcertado a propios y extraños.

A cierta izquierda consignista y superficial que no consigue despegarse de esquemas antiimperialistas arcaicamente nacionalistas y estatistas, no menos que a unas derechas proimperialistas divididas en sus designios y en sus intereses, y desconcertadas ahora ante la contestación política y social de enorme alcance a que estamos asistiendo en directo en el África septentrional, una de las más evidentes manifestaciones del desorden catastrófico generado por el capitalismo contrarreformado y remundializado de las tres últimas décadas. Rashid Khalidi, el gran especialista en historia del Oriente.

Próximo y heredero del refinado marxismo internacionalista del llorado Edward Said, ofrece en estas breves y enjundiosas páginas unas reflexiones de mucho interés para entender críticamente lo que está pasando en el mundo árabe.

Hacia el final de su larga y rica vida, en 1402, el renombrado historiador árabe Ibn Jaldún se hallaba en Damasco. Nos dejó una descripción del asedio de Tamerlán a la ciudad y de su entrevista con el conquistador del mundo.

Ninguno de nosotros podría compararse a Ibn Jaldún, pero cualquier historiador árabe de nuestros días que observe las revoluciones árabes de 2011 se verá embargado por el mismo sentimiento de pavor reverencial que debió de experimentar nuestro ancestro: estamos asistiendo a un cambio de primera magnitud en los asuntos del mundo.

Puede que esta coyuntura carezca de precedentes en la historia árabe moderna. De repente, regímenes despóticos sólidamente afianzados durante más de cuarenta años parecen vulnerables. Dos de ellos en Túnez y, luego, en El Cairo se desplomaron ante nuestros ojos en cuestión de semanas. Los viejos hombres que dominaban la situación revelaron subitáneamente su verdadera edad; la distancia que les separaba de sus poblaciones, nacidas varias décadas después, nunca fue tan grande.

Una situación política aparentemente congelada se ha fundido de un día para otro al calor de la insurgencia popular que comenzó en Túnez y en Egipto y ahora se extiende por doquiera. Somos testigos privilegiados de uno de esos raros momentos de la historia universal en que las verdades más fijas y solidificadas se desvanecen y aparecen nuevos potenciales y nuevas fuerzas. Tal vez, algún día, algunos podremos decir lo que dijo Wordsworth de la Revolución Francesa: ¨DUna gran dicha fue estar vivo en esa aurora, pero ser joven era el cielo mismo.

Han sido éstas, hasta ahora, revoluciones desarrolladas por gentes comunes que exigen pacíficamente libertad, dignidad, democracia, justicia social, rendición de cuentas, transparencia e imperio de la ley.

Se ha visto que los jóvenes árabes tienen esperanzas e ideales semejantes a los de las gentes que contribuyeron a las transiciones democráticas en la Europa del Este, América Latina y el sur, el sureste y el este de Asia.

Esas voces sólo han sorprendido a quienes se llamaban a engaño con la propaganda de los propios regímenes árabes o de los medios occidentales, obsesivamente centrados en el fundamentalismo y el terrorismo islámicos en todo lo referente al Oriente Próximo. Así pues, este es un superlativamente importante momento, no sólo para el mundo árabe, sino también para el modo en que los árabes son vistos por los demás. Un pueblo sistemáticamente descalificado por décadas en Occidente se ve ahora por vez primera bajo los focos de una luz positiva.

Nada está todavía decidido en estas revoluciones árabes. Y las tareas más complejas están por venir. Resultó difícil derrocar a un tirano intocable y a su codiciosa familia, en Túnez como en El Cairo. Mucho más difícil será cambiar completamente el régimen y construir un sistema democrático que funcione. Y más difícil todavía afianzar un sistema democrático, si finalmente resulta hacedera su forja, no sometido a poderosos intereses creados.

Finalmente, resultará una tarea hercúlea para cualquier nuevo régimen democrático popular conseguir justicia social y un rápido crecimiento económico, imprescindible para promover la igualdad de oportunidades, la educación de calidad, buenos puestos de trabajo, vivienda digna y unas infraestructuras públicas de todo punto necesarias.

Los viejos regímenes fracasaron en todas esas cosas: quienes en Egipto viven con menos de 2 dólares al día han pasado de constituir el 39% a ser el 43% de la población en la última década de Mubarak en el poder.

Un fracaso en el cumplimiento de esas hercúleas tareas podría muy bien traer consigo el regreso de las tenebrosas fuerzas de la reacción y la represión: la contrarrevolución árabe está, en efecto, activa en Libia, en Bahrein y por doquiera. Ese fracaso podría también redundar en beneficio de las tendencias violentas que prosperan en circunstancias de caos y desorden, como las que se desencadenaron en la ocupación norteamericana de Irak. Y no debemos olvidar jamás que esto es el Oriente Próximo, la región más codiciada del mundo, la más penetrada por intereses foráneos. Es vulnerable, como lo ha sido a lo largo de toda su historia, a una intervención extranjera que fácilmente podría distorsionar los resultados.

Sin embargo, lo que ha comenzado en Túnez y El Cairo ha abierto horizontes que desde hace mucho tiempo permanecían cerrados. Se han desencadenado la energía, el dinamismo y la inteligencia de la generación joven en el mundo árabe, luego de haber sido represados por un sistema que los trataba con desdén y que concentraba el poder en manos de una generación mucho más vieja. Aparentemente de la nada, los jóvenes han sacado una confianza, una seguridad y un coraje que hecho tambalearse a unos temibles regímenes estatales policíacos, otrora tenidos por invencibles.

¿Carece de genuinos antecedentes esta insurgencia revolucionaria? El mundo árabe ha sido escenario de levantamientos y revueltas durante toda su historia moderna. Durante la ocupación francesa, la población del El Cairo se rebeló repetidamente, llegando a liberar de los franceses efímeramente a la ciudad en 1800. Egipto se rebeló de nuevo contra la dominación extranjera en los años que siguieron a 1882; volvió a rebelarse contra los británicos en la gran revolución de 1919, y de nuevo en 1952. Durante la revuelta siria de 1925-26, los franceses fueron echados de la mayor parte de damasco y bombardearon salvajemente la ciudad.

Los ejemplos abundan. La resistencia libia contra los italianos, que empezó en 1911 y duró más de 20 años; la gran revolución iraquí de 1920; la de Marruecos en 1925-26; la revuelta palestina de 1936-39: todos esos episodios provocaron campañas coloniales feroces. Marcaron el principio de un sombrío capítulo de la historia humana: el primer uso del bombardeo aéreo contra civiles en Libia en 1911; y el primer uso de gases venenosos contra civiles en Irak en 1920.

¿Qué distingue hasta ahora el levantamiento revolucionario al que estamos asistiendo ahora en el mundo árabe de sus numerosos antecedentes? Una de las aparentes diferencias es que en Túnez, Egipto, Bahrein y muchos otros países las cosas han discurrido hasta ahora de manera harto pacífica: ¨DSilmiyya, silmiyya¡¬, cantaban las muchedumbres en la plaza de Tahrir.

Pero también discurrieron de esta guisa muchos levantamientos árabes en el pasado. Así muchos episodios de las largas luchas egipcias e iraquíes para poner fin a la ocupación militar británica, y las sirias, libanesas, marroquíes y tunecinas para poner fin a la de Francia, por no hablar de la primera Intifada palestina contra la ocupación israelí entre 1987 y 1991.

Las tácticas no violentas ampliamente utilizadas en los recientes levantamientos en Egipto y otros sitiios no constituyen una novedad en las revueltas árabes, que tienen una larga y densa historia pasada de protesta no violenta, o al menos, desarmada.

También se ha dicho que lo que distingue a esas revoluciones de otras pasadas en el mundo árabe y otros lugares del Oriente Próximo es que ahora se centran en la democracia y el cambio constitucional. Y es verdad que ésas han sido reivindicaciones centrales. Pero tampoco eso carece de precedentes.

Hubo efervescencia constitucional sostenida en Túnez y Egipto a finales de la década de los 70 del siglo XIX bajo las ocupaciones británica y francesa de esos países en 1881 y 1882. Análogos debates llevaron al establecimiento de una constitución en el Imperio Otomano en 1876, que duraron con interrupciones hasta 1918.

Todos los estados sucesores del Imperio Otomano se vieron profundamente influidos por ese accidentado experimento constitucional. En 1906, Irán instituyó un régimen constitucional, un régimen, no obstante, repetidamente eclipsado. En período de entreguerras y posteriormente, los países semi-independientes e independientes en Oriente Próximo estuvieron en general gobernados por regímenes constitucionales.

Se trató en todos los caso de experimentos constitucionales fallidos, enfrentados a enormes obstáculos en forma de intereses creados, proclividades autocráticas de los dirigentes y analfabetismo y miseria de las amplias masas. Al final, de los muchos problemas que tenían planteados sus sociedades, lograron resolver muy pocos.

Pero los fracasos en punto a instituir regímenes constitucionales duraderos no se debieron solamente a esos factores internos. También se debieron al hecho de que esos gobiernos fueron sistemáticamente saboteados por las potencias occidentales, cuyas ambiciones se veían a menudo frenadas por parlamentos democráticos y una incipiente prensa y opinión pública que insistía en la soberanía nacional y en una justa participación en el reparto de sus propios recursos. A partir de finales del siglo XIX, eso formó una pauta una y otra vez repetida.

Lejos de venir en apoyo del gobierno democrático del Oriente Próximo, las potencias occidentales se dedicaron por lo común a sabotearlo y a conspirar con las elites locales antidemocráticas, prefiriendo lidiar con autócratas acomodaticios, débiles y prontos al soborno.

De modo que lo que los hace sin ejemplo histórico no es la naturaleza democrática de estos levantamientos revolucionarios de 2011. Las revoluciones que tuvieron lugar entre 1800 y la década de los 50 del siglo XX estuvieron primordialmente orientadas a poner fina a la ocupación extranjera. Esas revoluciones de liberación nacional terminaron dando en la expulsión de las viejas potencias coloniales y sus odiadas bases militares en el grueso del mundo árabe.

Esas revoluciones acabaron generando regímenes nacionalistas en el grueso del mundo árabe. Los de Argelia, Libia, Sudán, Siria y Yemen aún mantienen el poder. El de Irak fue derrocado por una invasión y una ocupación que han dejado un país devastado. Sólo en Túnez y en Egipto han sido hasta ahora esos regímenes derribados por sus pueblos, un resultado, no obstante, que dista por mucho de haberse consolidado.

Lo que de verdad distingue a las revoluciones de 2011 de sus predecesoras es que significan el fin de la vieja fase de la liberación nacional del dominio colonial y están, ahora, centradas en los problemas internos de las sociedades árabes. Huelga decir que durante la Guerra Fría el viejo colonialismo terminó dando paso a una forma más perniciosa de influencia exterior, primero de las dos potencias, y en los últimos veinte años, de los EEUU solamente.

Todo el sistema regional árabe resultó apuntalado por esta hiperpotencia, cuyo apoyo resultaba crucial para la supervivencia de la mayoría de los regímenes dictatoriales que ahora se tambalean ante el desafío de sus pueblos. Mas, aunque ese importante factor ha estado siempre en el trasfondo, lo cierto es que el foco de las revoluciones de 2011 está centrado en los problemas internos: en la democracia, las constituciones y la igualdad.

Ha habido otra reivindicación en 2011, sin embargo. La dignidad. Y eso ha de entenderse en dos sentidos: la dignidad de los individuos y la dignidad del colectivo, del pueblo y de la nación. La exigencia de dignidad individual resulta fácilmente inteligible. Frente a temibles Estado policíacos que aplastaban al individuo, nada más natural que esa exigencia.

Las incesantes violaciones perpetradas por esos Estado autoritarios contra la dignidad de todos y cada uno de los ciudadanos árabes, así como las constantes afirmaciones de desprecio oídas de boca de sus dirigentes, acabaron siendo internalizadas generando una duradera autoabominación y una ulcerosa patología social. Lo que se manifestaba, entre otras cosas, en tensiones sectarias, un acosos sexual frecuente a las mujeres, criminalidad, drogadicción y una corrosiva incivilidad, horra de espíritu público.

Una de las peores cosas de los regímenes árabes autoritarios, aparte de su negación de la dignidad individual, fue el desprecio mostrado por los dirigentes hacia sus pueblos. A sus ojos, el pueblo era inmaduro, peligroso e incapaz de democracia. El tono paternalista y patriarcal de Mubarak en sus últimos discursos caracteriza a la perfección a esos regímenes: es el mismo tono que escuchamos ahora a Gadafi, y a los reyes y presidentes vitalicios de otros Estados árabes. Sólo Gadafi dice abiertamente lo que otros caudillos, creyéndolo, se callan: que sus pueblos son fácilmente engañados y llevados al huerto, es decir, que carecen de dignidad.

Lo que nos lleva a la exigencia de dignidad colectiva que han puesto en su estandarte las revoluciones de 2011. La falta de un sentido de dignidad colectiva árabe tiene que ver con la situación de esta región, una de las pocas que no se vio afectada por las transiciones democráticas que arrastraron a otras partes del mundo en el último cuarto del siglo XX. Subitáneamente, los árabes han demostrado que no son diferentes de los demás.

Estas revoluciones han creado un sentimiento de dignidad colectiva superlativamente reflejado en el orgullo mostrado por tunecinos y egipcios tras la caída de sus respectivos tiranos. ¨DLevanta la cabeza; ¡eres un egipcio!¡¬, cantaban las muchedumbres en Tahrir. Era la dignidad colectiva del pueblo egipcio, y con ella, del pueblo árabe todo, lo que se afirmaba.

Y eso trae a colación el papel de los EEUU y de su consentido protegé, Israel. Aunque se ha hecho poca mención de este enorme elefante suelto en la porcelanería durante las revoluciones de 2011, nunca dejó de estar en el transfondo de ellas.

Lo estaba el hecho de que Estados policíacos árabes se beneficiaron de equipo puntero y de prolongados entrenamientos en las mejores instalaciones estadounidenses y europeas. Latas norteamericanas de gases lacrimógenos fueron profusamente usadas contra pacíficos manifestantes en Túnez y El Cairo, como hace años se usaron sistemáticamente y con gran copia contra manifestantes palestinos en poblaciones como Bil in en la Franja Occidental.

Los matones de Ben Alí y de Mubarak estaban en excelentes relaciones con los servicios de inteligencia de los EEUU y de los países europeos. Lo que realmente significaba el apoyo occidental a la ¨Destabilidad¡¬ eraapoyo a la represión, a la corrupción, a la frustración de las reivindicaciones populares y a la subversión de la democracia. También significaba la subordinación de los países árabes a los dictados de la política estadounidense y a las exigencias de Israel. La exigencia de dignidad colectiva es un llamamiento a poner fin a esa innatural situación.

Las revoluciones árabes de 2011 plantean muchas cuestiones. Tras una noche aparentemente sin fin, se ha desencadenado un espíritu de liberación en el mundo árabe, Es imposible decir si logrará persistir lo bastante como para superar los terribles problemas estructurales de los países árabes y derrotar las fuerzas de la reacción empeñadas en preservar el statu quo. Aunque las pertrechas elites han sido sacudidas en Túnez y Egipto por la oleada revolucionaria, no cederán fácilmente sus privilegios. Además, otras elites aún en el poder hará todo lo posible por frenar esta oleada abatida sobre toda la región.

Asunto conexo es si lo que empezó en Túnez y en Egipto tiene potencial bastante para derrocar a otras tiranías árabes. Con todas las semejanzas entre sus regímenes, cada país árabe es distinto de los otros. Las poblaciones de muchos de ellos, señaladamente Jordania, Argelia, Yemen, Bahrein e Irak, son menos homogéneas que las de Egipto o Túnez, y están atravesadas por segmentaciones étnicas, regionales o religiosas que las clases rectoras pueden aprovechar para dividir e imperar. Y en algunos casos, notoriamente en Argelia, Irak y Jordania, hay memoria de pugnaces enfrentamientos civiles que recientemente, o no tan recientemente, anegaron en sangre a esas sociedades, lo que podría ahora inhibir la protesta popular. Todos esos factores han sido movilizados por la reacción árabe, que opera transfronterizamente a fin de sostener sistemas antidemocráticos y discriminatorios, en Bahrein y por doquiera.

Con todo y con eso, el nuevo espíritu que ha embargado al mundo árabe se ha revelado contagioso, y las exigencias de democracia y bridas constitucionales a los poderes de los dominadores que comenzaron en Túnez y Egipto pueden oírse ahora en Marruecos, Argelia, Sudán, Siria, Yemen, Irak y los países del Golfo. La consigna acuñada, los primeros, por revolucionarios tunecinos y egipcios, se oye ahora por doquiera, desde el Atlántico hasta el Golfo: ¨DAl-sha b yurid isqat al-nizam (El pueblo quiere la caída del régimen).

Resulte de todo ello lo que quiera, lo que está aconteciendo es una confirmación espectacular, no ya de las comunes aspiraciones de libertad y dignidad de toda una generación de jóvenes árabes, sino de la existencia de una esfera pública árabe común. Aunque eso debe no poco a los modernos medios de comunicación, es un error reducirse exclusivamente a las especificidades de la tecnología, ya se trate de facebook, de twitter, de teléfonos móviles o de televisión por satélite.

Esa esfera pública común existía ya en el pasado, fundada en tecnologías más antiguas, como la prensa impresa y la radio. Como pasa con todas las revoluciones, ésta es resultado no de la tecnología, sino de luchas sociales inveteradas, en este caso, de uniones sindicales, de grupos de mujeres, de activistas por los derechos humanos, de islamistas, de intelectuales, de luchadores por la democracia y de muchos otros que han pagado muy caros sus afanes. Si algo hay radicalmente nuevo, son las formas capilares y no jerárquicas de organización que han ido desarrollándose entre muchos de estos grupos.

Otra cuestión que plantearán las revoluciones árabes será la del papel de las potencias occidentales en la remoción del putrefacto statu quo árabe. EEUU siempre anduvo al estricote, en su política exterior, entre sus principios, entre los que se halla la defensa de la democracia, y sus intereses, que le llevan a sostener a dictadores que hacen lo que de ellos se espera. Cuando mengua el escrutinio público, es el último impulso el que predomina en la política estadounidense en el Oriente Próximo.

Ahora, con unos medios de comunicación norteamericanos contando historias de carismáticos jóvenes árabes derribando dictadores odiosos y exigiendo democracia en un inglés perfectamente comprensible, la opinión pública norteamericana está al acecho, y Washington ha respondido con un tibio apoyo a la transición democrática y con quedos llamamientos, dirigidos a sus otros clientes árabes, a la mesura en la represión de sus pueblos. El papel jugado por sórdidos intereses ya se ha afianzado en la política estadounidense en Bahrein y en Libia, que reciben tratamientos harto distintos, como distinto es también el que reciben otros países árabes testigos de levantamientos populares.

Este nuevo momento histórico en Oriente Próximo les hará harto más difíciles las cosas a Washington, a Tel Aviv y a las capitales árabes: no podrán seguir con sus viejos negocios al modo usadero. El régimen de Mubarak era un pilar central tanto para la dominación regional norteamericana como para la israelí, y será difícil, por no decir imposible, substituirlo. Los otros dominadores árabes absolutistas, aun si consiguen mantenerse en el poder, no podrán seguir ignorando a la opinión pública como invariablemente hicieron en el pasado.

Las impopulares políticas tendentes a secundar sumisamente las directrices de Washington en su guerra fría contra Irán, o en su protección de Israel frente a cualquier presión hostil a la colonización y armada ocupación de territorio palestino, se harán harto más difíciles. El sistemático ingreso de la opinión pública en la determinación de la política exterior de los Estados árabes es todavía cosa del futuro. Pero se puede razonablemente esperar que los días en que los dominadores árabes podían ignorar a la opinión pública árabe y acomodarse al trato brutal dispensado por Israel a los palestinos pasaron definitivamente.

Nadie en Washington puede seguir ya confiando en la complaciente sumisión a Israel y a los EEUU, uno de los rasgos clave del estancado orden árabe que ahora se ve desafiado en toda la región. Lo que venga a substituirlo se determinará en las calles, no menos que en los cafés de Internet, en los ambientes sindicales, en las oficinas de los periódicos, en los grupos de mujeres y en los hogares de millones de jóvenes árabes. Ya han dejado dicho que no tolerarán seguir siendo tratados con el desprecio que les han venido demostrando los gobiernos durante todas sus vidas.

Ya nos lo han anunciado: ¨DEl pueblo quiere la caída del régimen. Quieren decir: esos regímenes que en todos y cada uno de los países árabes han robado la dignidad a los ciudadanos. También quieren decir: un régimen de alcance regional, cuyo piedra basal ha sido la humillante sumisión a los dictados de los EEUU e Israel, y que robaba a todos los árabes su dignidad colectiva.


(*) Profesor Edward Said de Estudios árabes en la Columbia University (Nueva York). Ha profesado en la Universidad Libanesa, en la American University de Beirut, en Georgetown University y en la Universidad de Chicago.

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miércoles, 6 de abril de 2011

Entrevista a Alex Callinicos (*)


El Socialist Worker ha pedido a Alex Callinicos que nos explique la crisis del capitalismo global que aún continúa, y si cree que los gobiernos podrán hacer que la pague la clase trabajadora.

- Parece que esta crisis no afloja. ¿Cómo nos hemos metido en este lío?
- Algunos economistas e historiadores económicos describen esta crisis diciendo que es la primera Gran Depresión del siglo XXI, y la comparan con la Gran Depresión de finales del s. XIX y la de los años treinta. Me parece que tienen razón cuando afirman que ésta es una crisis muy profunda: no se trata de una alteración normal del «ciclo económico», sino de una crisis mucho más profunda y prolongada, y que hace mucho tiempo que se estaba preparando.

Desde finales de la década de los sesenta, el capitalismo, sobre todo en el mismo centro del sistema, ha sufrido una crisis crónica de rentabilidad. Lo que llamamos neoliberalismo , el giro hacia el mercado, era una manera de intentar recuperar beneficios a través de exprimir a las personas trabajadoras tanto como fuera posible. Pero se trata de una rentabilidad recuperada sólo parcialmente, lo cual podemos ver claramente echando un vistazo a los EEUU, el centro del sistema.

Los que controlan la economía mundial los banqueros centrales , han ido confiando en alentar el desarrollo de las burbujas financieras. Esto comenzó a finales de los años ochenta, pero el proceso ha sido más acusado desde finales de los noventa. Estas burbujas especulativas, que hacían que la gente creyera que era más rica, les conducían a pedir más préstamos y gastar más, y de esta manera hacían que la economía fuese adelante. La gran burbuja desarrollada en el mercado inmobiliario de EEUU a mediados de la década pasada fue la culminación de este proceso, y chupó secciones y más secciones del sistema financiero global en EEUU y Europa alimentando los préstamos y la especulación. Esto quiere decir que cuando la burbuja reventó al final, lo que pasó el 2006-7, provocó una crisis global general.


- ¿Hasta qué punto es esta una crisis general, que va más allá de los banqueros y el sistema financiero?
- Es una crisis mucho más general. En 2009 la economía mundial se contrajo por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Las causas más remotas se remontan a la misma base del capitalismo, que es un sistema de inversiones sin planificación y de crisis. Por culpa de las dificultades a largo plazo del sistema económico, el sistema financiero ha jugado un papel dirigente cada vez más importante en las últimas décadas. La crisis la provocó la especulación financiera y la manera como se han comportado los banqueros para obtener sus enormes bonificaciones. Pero los banqueros son sólo una parte del problema, no son el centro.


- Después de tanto debate sobre la regulación, ¿qué se ha hecho, realmente?
- Los banqueros hacen mucho ruido quejándose de las restricciones que se les ha impuesto. Las más serias son las que se han llamado «acuerdos de Basel», que son, en esencia, un intento de restringir la cantidad que pueden prestar. Pero si miramos de cerca lo ocurrido en EEUU y Gran Bretaña, que son los centros del sistema financiero global, veremos que, a los bancos se les han impuesto algunas restricciones.

Los bancos son muy poderosos políticamente; hacen un lobbying efectivo, y básicamente han presionado a los gobiernos para que les dejen más o menos en paz. De modo que ahora nos encontramos con indicios de que el mismo tipo de prácticas especulativas que se desarrollaron durante la burbuja se están volviendo a utilizar. Los bancos que han sobrevivido son más grandes y más fuertes, y tienen suficiente confianza para empezar a repartir bonificaciones masivas otra vez. Bob Diamond, el director del banco Barclays, dijo hace poco que ha llegado el momento en que los bancos dejen de pedir perdón. Sí, a mí me parece que eso es tener suficiente confianza.


- El gobierno dice que la única solución a la crisis es el programa de recortes. Los laboristas dicen que son demasiado rápidas, pero aceptan que se deben hacer. ¿Tú qué crees?
- Muchos economistas e historiadores económicos rigurosos dicen que el crecimiento de la deuda que se ha visto en los últimos años, en términos históricos, no es tan importante. Hay que entender por qué ha aumentado la deuda del gobierno: es por culpa de la crisis, no sólo por culpa de los rescates. La crisis significa que el gobierno recibe menos en recaudación de impuestos y, en cambio, debe gastar más en prestaciones por desempleo. De modo que cuando los tories y los liberal-demócratas hablan de déficit, están hablando del coste de la crisis: estamos ante una lucha de clases para ver quién la pagará.

Los banqueros son suficientemente fuertes, políticamente, para protegerse y evitar que les toque pagar a ellos. El giro hacia la austeridad tiene por objetivo que sean las personas trabajadoras las que soporten la carga. Es interesante que el director del Banco de Inglaterra, Mervyn King, dijo que el gran déficit presupuestario no es culpa de la gente ni de los trabajadores del sector público; no obstante, dice que la austeridad es necesaria.

No hay la necesidad económica de instaurar medidas de austeridad, sino que, de hecho, desde el punto de vista económico son peligrosas. El jefe de la OCDE el club global de las naciones ricas compareció, la semana pasada, con el ministro de economía George Osborne, y dijo que las políticas económicas del gobierno eran muy buenas. Pero, hace poco, la OCDE ha publicado un informe que prevé un crecimiento muy lento para Gran Bretaña durante este año y el siguiente. La cuestión es esta: si sacudes a la gente de una manera tan salvaje con el tipo de medidas que se están aprobando (exprimiendo el sector público, forzando la disminución de los salarios...), el efecto podría ser que la economía cayera otra vez en recesión. En los países donde las medidas de austeridad ya se han puesto en práctica, como Grecia e Irlanda, ha pasado justamente eso.

La posición de los laboristas (austeridad, sí, pero no tan salvaje como la de los tories) deja ver que, a pesar de haber escogido a Ed Miliband como líder, el Partido Laborista sigue pegado a la ideología del neoliberalismo, de modo que la alternativa que ofrecen es extremadamente débil.


- ¿El gobierno y la clase dirigente tienen confianza en la austeridad?
- No me parece que haya grandes divisiones entre la clase dirigente. Pienso que las grandes empresas estaban cansadas del Nuevo Laborismo, al final de la legislatura de Gordon Brown. Habían aceptado todas las golosinas, en materia de exenciones fiscales, que les habían ofrecido los laboristas; pero querían más, por eso dieron la bienvenida a la coalición. Hay dudas sobre la austeridad, pero no se está elaborando ningún proyecto alternativo, desde la clase dirigente.

La coalición se acerca a su examen más importante. Las protestas de los estudiantes de antes de navidad fueron un duro golpe para ellos: expusieron las grietas que había dentro de la coalición; particularmente, la desazón que sienten muchos liberal-demócratas. A medida que los recortes empiezan a hacer daño, Cameron y Osborne esperan que los líderes de los sindicatos sean demasiado débiles y demasiado cobardes para organizar una resistencia efectiva. Estas previsiones se pondrán a prueba pronto.

La resistencia, en Europa, ha sido desigual. En Grecia, ha sido fuerte. En Irlanda, en cuanto a huelgas y manifestaciones, ha habido movimiento, pero es a través de las urnas que se ha producido el impacto. La aniquilación de Fianna Fail, que había dominado la vida política desde los años treinta, ha sido una derrota importante para ellos.


- ¿Cuál es la alternativa a los recortes? ¿De dónde deberían venir el dinero?
- Esta cuestión no debería intimidarnos. Por ejemplo, la tasa de intereses es baja, por lo que, en realidad, a los gobiernos les resulta fácil obtener préstamos. De manera más general, necesitamos una serie de medidas que se dirijan a la raíz de la crisis. Esto quiere decir nacionalizar adecuadamente los bancos, en vez de utilizar grandes cantidades de dinero público para salvarlos mientras continúan funcionando sin que se les puedan exigir responsabilidades. Significaría reconvertir los bancos en empresas públicas que organizaran el tipo de inversiones que son necesarias.

Un área de inversión obligatoria es la intervención sobre el cambio climático. El terremoto de Japón no lo causó el calentamiento global, pero sabemos que sí producirá más desastres de esta magnitud. Y lo que ha pasado en Fukushima nos muestra el peligro de utilizar la energía nuclear. La campaña para crear un millón de puestos de trabajo contra el cambio climático, apoyada por varios sindicatos, es una manera de impulsar el trabajo que se necesita para reducir las emisiones, y al mismo tiempo se crea empleo.

Además, el sistema del bienestar debe reorganizarse para acabar con la miseria de los subsidios reducidos y condicionales, y deberían tomarse otras medidas para combatir el paro. Este es el tipo de programa que comenzaría a subordinar la economía a la lógica de las necesidades sociales, en vez de subordinarla a los beneficios.


- ¿Puede recuperarse el capitalismo y proveer para la mayoría de personas?
- Lenin, el gran revolucionario ruso, dijo que el capitalismo nunca estará en una situación absolutamente desesperada mientras las personas trabajadoras le permitan sobrevivir. Tarde o temprano el sistema se puede recuperar de cualquier crisis, aunque le costaría recuperar el nivel alcanzado en el pasado más reciente, porque el sistema financiero se habría debilitado mucho.

Mientras la recesión continúa, es importante ver que es desigual. Una sección del sistema, el núcleo histórico en América del norte y gran parte de Europa, aún continúa en un estado bastante deprimido. Pero, en cambio, si miramos hacia China y las economías que se asocian, Alemania y Brasil incluidos, vemos que crecen bastante deprisa. Esto refleja los esfuerzos del estado chino, que hizo todo lo posible para evitar una depresión económica prolongada. Sin embargo, el hecho de que esta pequeña parte del sistema esté creciendo es otro factor desestabilizador: produce tensiones entre EEUU, la fuerza capitalista dominante, y China, que cada vez más se presenta como su rival principal. Esto hace más difícil de controlar el capitalismo.

Pero incluso si encuentran una manera de salir adelante, la crisis se ha producido como resultado de la lógica del capitalismo y de un sistema que tiene como único objetivo la competición ciega para conseguir beneficios. Este sistema seguirá produciendo crisis y seguirá intentando resolverlas haciendo que paguen las personas trabajadoras y pobres. Por lo tanto, la única garantía real para evitar más crisis como la que nos afecta ahora es deshacerse completamente del capitalismo.


(*) Profesor de teoría social en el King's College de Londres, y autor de libros como Los nuevos mandarines del poder americano o Un manifiesto anticapitalista. Gran Bretaña

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